Reportajes

Muerte en tiempos de pandemia

Por: Enma Thalia Chacara Condori

El final de una vida

27 de noviembre, el amor eterno de mamita Adelia, Joaquín, entra en el cementerio pero no para visitarla sino para acompañarla en la otra vida que prometieron compartir, así lo confirma uno de sus nietos de 7 años “Mi abuelito ahora estará en el cielo junto a mamita Adelia” le comenta a su primo y este acierta con la cabeza: “!Así es!”.

“Padre… ¡Escúchame…!, padre… ¡Escúchame! La hija mayor entra en escena rogando que le permitan cargar el cajón donde se encuentra su padre mientras entran por el portón principal del Cementerio de Socabaya.

Toda la familia, de más de 15 personas tomando distancia y con mascarillas, viste con alguna prenda negra y lentes oscuros. ¡Padre, ¿Por qué te has ido? continua la mujer, de cabello rubio ensortijado, que camina junto a otra que la sostiene. ¡Padre… padre! ¿Por qué te has ido?

El cuidador del cementerio

Fausto es un hombre alto y delgado que viste con un mameluco blanco y trae consigo una mascarilla especial de color plomo y en sus manos lleva un balde con cemento para sellar el nicho del nuevo difunto que se integra.

Fausto, el día de hoy se encuentra muy ocupado. Maneja todas las llaves de las puertas del cementerio. Conoce cada rincón del cementerio como la palma de su mano. Su labor comienza a las 8 de la mañana y termina a las 5 de la tarde. Es socabayino de corazón y es el hombre encargado desde hace años de cuidar las tumbas del cementerio de Socabaya.

Es difícil decir adiós

Entre palabras de dolor y consuelo todos los familiares y conocidos le dan el último adiós al patriarca de la familia. Las palabras se desnudan y se muestran tan puras y sinceras que conmueven a cualquier extraño sujeto como yo, que vino a visitar a su abuela y se infiltro en la procesión para poder pasar desapercibido.

Fuente: Enma Chacara

Su favorita

El viento sopla fuerte, pero aún se escucha: “Con el atardecer me iré de aquí… Me iré sin ti, me alejare de ti, con un dolor dentro de mí. Te juro corazón que no es falta de amor, pero es mejor así. Un día comprenderás que lo hice por tu bien que todo fue por ti. La barca en que me iré lleva una cruz de olvido. Lleva una cruz de amor y en esa cruz sin ti, me moriré de hastió…” canta la vocalista del grupo de mariachis, vestida de negro, de cabello largo suelto con micrófono en mano.

La familia contrató a la banda para que los acompañe durante todo el entierro y cante la lista de canciones preferidas por el difunto. “Era su canción favorita, lo recuerdo”, lo dice una señora. No soporta el dolor y se quita los lentes oscuros que llevaba puestos para limpiar con el papel arrugado que traía entre manos, sus lágrimas, que caen ininterrumpidamente por sus mejillas rosadas.

Los demás también recuerdan que esa canción “Cruz de olvido”-Vicente Fernández, era la favorita del difunto y como arte de magia los sollozos se unen como en cadena. La hija lo recuerda y rompe en llanto. Se siente sola. Llora por todo. Su padre, su madre y sus recuerdos.

Acostumbrarse

Ahora visitará a sus padres en el cementerio y eso le duele. Siente una herida tan profunda que no sabe cómo curarla. No encuentra consuelo. Se siente perdida, como una niña sin su guía. Solo el tiempo la consolará cuando acepte y se acostumbre a la idea de seguir viviendo.

Su hermano tampoco soporta la historia que se estaba escribiendo. Se encuentra apoyado en la pared, en un rincón cabizbajo, un poco desorientado. El Señor de 50 años de edad, ya no tiene lágrimas demás, para seguir llorando sobre el nicho de su padre.

No encuentra consuelo. Entre tambaleos intenta sentarse en el asfaltado. Algunos comentaban que había bebido un poco y que tal vez por eso se sentía mareado. Intentaba controlar sus piernas para seguir parado. Talvez el alcohol fue la única opción que encontró y por la cual se decidió. Quizás pensó que eso funcionaría.

Talvez serviría como anestesia para calmar su dolor. Pero la estrategia no le funcionó por completo. Pues aún se sentía triste. Se acerca su hijo y lo abraza. Los dos intentan consolarse en ese momento. Luego, alza la mirada y la dirige al nicho de su padre.

Por minutos no parpadea y susurra algunas palabras, pues ese gesto es lo único que ahora le puede ofrecer. Con el viento se pierden sus palabras y se olvidan, pero jamás las olvidará él.

Miguel, el florista.

Como esta historia se han escrito muchas dentro del cementerio de Socabaya de Arequipa, pero ninguna igual. Recalco, ¡Ninguna como está! De todas esas historias es testigo el florista, Miguel.

Él tiene 62 años de edad. Hace más de 20 años trabaja frente al cementerio, en casa de su hija. Vende flores, arreglos florales y algunas golosinas. Este negocio le permite sobrevivir y mantenerse por sí mismo.

Cuando lo conocí, lo encontré barriendo su tienda. Yo iba a comprar un ramo de flores. Entonces, me vio y me pidió ayuda. Tenía problemas con el funcionamiento de su celular; la pantalla de este, estaba congelada y no sabía qué hacer. Reinicié su celular y le expliqué como hacerlo.

Luego, le pregunte acerca de los precios de las flores. Me dijo que los precios tienen costos accesibles que van desde los 2 soles hasta los 5. También comentó que sus ingresos son bajos “No gano mucho. Con la pandemia también tuve que cerrar porque el cementerio no permitía el ingreso a nadie. Fue una situación difícil, pero ahora al menos ya están abriendo”. me comentó.

11:50 de la mañana. “Esta es la segunda vez que van a sepultar a un muerto”. La primera fue a las 10 de la mañana y la tercera será a las 3 de la tarde. Hoy habrá tres entierros.

A diferencias de otras veces es extraño que haya tres, pues comúnmente no hay más. Espero me compren algunas flores ya que no he vendido muchas” exclama, mientras mira a su alrededor y busca su escoba para continuar limpiando. Pensando en lo que le falta por vender.

Miguel, es un señor humilde y muy sereno, de tez morena, delgado y sensato. Amable con la gente que ingresa a su tienda. Sabe mucho de las flores y le encantan, no tiene una favorita, pero si las considera a todas especiales.

Si bien desde pequeño no se emocionaba tanto con las flores de grande si lo hizo. No tiene al lado a su esposa, pero la enamoró regalándole rosas.

Sus manos tiemblan al cortar los tallos extras de las flores, al igual que su voz al contarnos un poco de su vida. Es celoso con sus historias y se las guarda, pero sus ojos tristes no mienten y me cuentan que sufrió mucho y que guarda un gran dolor, pero que sigue parado para hacerle frente a la vida y no se dejará vencer, pues la experiencia de otras victorias le han enseñado a cómo jugar en el juego “vida” que inició hace años y que aún no lo ha terminado.

Muertes en Perú

Este año muchos han desertado y la principal causa de muertes es por la proliferación de un nuevo virus denominado Covid-19. Por ello, los cementerios cerraron sus puertas en aquellos difíciles momentos por medidas de bioseguridad impuestas.

Perú registró el primer fallecido por Covid-19 el 19 de marzo. Dos meses más tarde fueron 3700 muertes. Y en lo que va del año la cifra de muertos ha aumentado a nivel nacional. Las víctimas han ascendido a más de 35, 939 fallecidos, según reporte del Ministerio de Salud.

Fuente: Enma Chacara

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